MFT 02x11: The One With the crossover episode

Mi amiga Cintia (¡leed su blog! ¡comprad sus libros!) habló hace unas semanas en su blog sobre cierto “gesto comercial” que tuvo un empleado de aeropuerto de París con su marido, mi amigo, Monsieur Aleyo. El caso es que ese gesto comercial coincidió con una visita mía a París que tuvo su propia anécdota aeroportuaria que ahora no puedo resistirme a contar (what is this, a crossover episode?)

La primera vez que vi a Monsieur Aleyo en ese viaje fue precisamente cuando él llegó del aeropuerto, contando acaloradamente (pero, sobre todo, triunfalmente) cómo había conseguido salir de allí pese a su ya tradicional falta de dinero en efectivo. También es cierto que no nos dio excesivos detalles sobre cómo terminó convenciendo al empleado del aeropuerto, por lo que el final de la anécdota tal y como la cuenta Cintia me parece absolutamente plausible.

Después de unos días disfrutando de la compañía (y de la hospitalidad, y de la amabilidad, y de muchas otras cosas que probablemente también terminen en -dad) de cuatro de mis personas favoritas, la mañana antes de que terminara mi viaje decidimos ir a dar un paseo por la zona de Le Marais.

Mi vuelo salía a las 17:10, y llegar desde Le Marais hasta el aeropuerto debería llevar unos 40-50 minutos como mucho, por lo que nos fuimos de allí a eso de las 15:20, confiando en no tener demasiado problema para llegar a tiempo. Eso sí, como viajero poco experimentado que soy, evidentemente tenía que facturar la maleta, con lo que el margen era un poco más estrecho: la hora de cierre del check-in eran las 16:30. Aun así, llegar (potencialmente) a las 16:10 como muy tarde parecía razonable.

Pero entonces entró en acción París en toda su parisidad:

  • ¿Calles cortadas por manifestaciones de los chalecos amarillos? Check.

  • ¿Calles y carreteras cortadas por obras, o simplemente porque sí? Check.

  • ¿Carreteras cortadas por accidentes, con ambulancias pasando sin parar? Check, check, check.

No sé si recuerdo un rato de mayor estrés en mi vida y eso que, en el fondo, de los tres adultos que íbamos en el coche yo era el que menos motivos tenía para estar estresado: mi caso “peor” era tener que pasar algún tiempo más de lo esperado en París con cuatro de mis personas favoritas. Mientras tanto, Monsieur Aleyo iba conduciendo como si tuviera el nivel de búsqueda a tope en el Grand Theft Auto, haciendo todas las maniobras alegales posibles, recalculando las rutas más rápido que el GPS y maldiciendo en francés. Y Cintia, en el asiento de atrás, con unos niveles de calma (y de éxito) absolutamente sobrehumanos dada la situación, entretenía y tranquilizaba a dos niños, uno de ellos de apenas un año, que además el pobre se mareó entre tanta maniobra y se vio obligado a, uhm, reubicar involuntaria y violentamente todo lo que había comido un rato antes.

Contra todo pronóstico (y con algunas canas de más y algunos años de vida de menos), acabamos llegando al aeropuerto. Me despedí apresuradamente de Cintia y de los niños (de lo que quedaba de ellos, al menos), y eché a correr junto con Monsieur Aleyo llevando entre los dos todo mi equipaje, con mención especial a una maleta pesadísima cuyas ruedas calculo que dejaron de cumplir con su función allá por 2004.

Subimos varios pisos de escaleras, corrimos por larguísimos pasillos mientras la gente, supongo, nos miraba con caras raras (y digo "supongo" porque durante ese rato yo no veía gente, sólo manchas borrosas), seguimos carteles que no estábamos seguros de que fueran a llevarnos al sitio adecuado, pero por fin llegamos a la máquina de check-in automático, a las 16:30 en punto. Por supuesto, para cuando conseguimos seleccionar mi vuelo lo que nos apareció en pantalla fue un bonito mensaje en francés que no entendí, pero que estoy convencido de que decía algo así como "Uyyyyyyy, ¡por qué poquito! Más suerte la próxima vez :)".

Pero Monsieur Aleyo, obviamente, no iba a rendirse tan fácilmente. Corrió otro rato hasta que dio con un empleado del aeropuerto (¿sería el mismo del gesto comercial? Nunca lo sabremos) y consiguió explicarle en francés en 30 segundos lo que a mí, en ese estado, me habría costado como 5 minutos explicar en español. El amabilísimo señor del aeropuerto (hmm, un francés amabilísimo... ¿quizás sí que fuera el mismo?) nos guio hasta un mostrador de facturación manual, donde tras decenas de disculpas (primero) y agradecimientos (después) a una pareja de ancianos que estaba delante de nosotros en la cola, explicamos (el uso del plural aquí es un tanto generoso) nuestra situación y conseguimos que me dejaran pasar rumbo, ahora sí, al avión.

Mi último recuerdo antes de montarme en el avión, mandarle una prueba de vida a Monsieur Aleyo y caer completamente exhausto en mi asiento es de justo después de pasar el control de seguridad: corriendo hacia la puerta de embarque, cargando con mi equipaje de mano y con mis Pantalones Vaqueros Cómodos De Viajar™ cayéndose poco a poco porque ni siquiera tenía tiempo para ponerme de nuevo el cinturón que me habían hecho quitarme. Afortunadamente, conseguí llegar hasta el avión sin dar el espectáculo (sin dar OTRO espectáculo, al menos).

Alejo, Cintia, Matías, Daniel: did you ever know that you're my heroes?